miércoles, 28 de abril de 2010

Pequeño dogma




Entre otras cosas, el escritor debe ser consciente del Código Penal que activa nada más ponerse a escribir. Van dos líneas, y ya tiene enfrente una lista de prohibiciones y de castigos. Ha empezado a narrar en primera persona, ergo ya no le es posible utilizar la primera o la tercera. Ha puesto un taco en el segundo párrafo, ergo no podrá evitarlos en las páginas siguientes, y a ver qué pone cuando llegue a la doscientos, después de dos docenas de diversos joderes y una y media de me cago en... Y si en lugar de un taco ha puesto un latinajo como ergo, pues peor aún, porque obliga a más, por ejemplo a escribir ex aequo en la tercera página y a posteriori en la octava, y cierra para siempre la vía hacia un texto serio como el que, dicho sea de paso, yo quería escribir antes de que me saliera precisamente el ergo, y la musa, Código Penal en mano, me prohibiera ese fruto.


(Bernardo Atxaga en el reportaje "La derrota de la página en blanco", Babelia, 17 Abr. 2010)

lunes, 19 de abril de 2010

Cuenta

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(2) + (3) = (1)











:)

sábado, 3 de abril de 2010

Max Aub




Recta retórica


Dar todo lo que se tenga, y un poco más, hasta quedarse vacío. Nube, lluvia y vuelta a empezar. Ordeñar. Un poeta es una vaca. Esa es la buena leche pasteurizada y portadora del tifus.

Hay que aprender a hacer queso y a batir la mantequilla (luego los demás la emplean para cualquier condimento).

¿No habéis visto nunca un castor? Yo tampoco, pero hablaré largamente de la vida de los castores. A ellos ¿qué les puede importar? Se escribe como se puede; todo sale por una abertura estrecha. Se seca tan pronto como la tinta - a lo sumo, un poco de arena por encima -. Luego quiere uno seguir, y no puede.

El que se relee se pierde; el que publica se pierde; el que sabe lo que hace se pierde.

Sólo se puede escribir cuando se tiene sueño. El arte no sirve, ni lo que se aprende.

Todo es convencional, y, si escribo azul, todos piensan azul, pero sin nada al lado. Y el azul solo, no es nada, ni azul siquiera. Lo que cuenta, siempre son los márgenes, lo que queda al margen, lo que se pierde.

Lo importante sería inventar un lenguaje azul. Que hable el que conozca a los dioses. Ese no soy yo. Y hablo.

Nadie me escucha, y no me importa. Escribo para mí y para no olvidarme de mí, y cuando relea esto - ¡anatema sobre el que se relee! - me quedaré de piedra amarga; hay piedra amarga: el alumbre. Quema.

Quisiera matar al primero que se me pusiera por delante. ¿Para qué? Nadie lo sabe. Ni yo, que lo siento y lo escribo.

Escribir es muy fácil y no sirve más que para recordar y defenderse del futuro inmediato. Escribir sirve para no pensar - y descansar.


(Max Aub, La uña)